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El Diablo Químico

Adela Zamudio

En el primer día creó Dios el cielo y la tierra y separó la luz de las tinieblas; el segundo creó el firmamento; el tercero reunió las aguas en los mares y formó los árboles y las plantas; el cuarto hizo el sol, la luna y las estrellas; el quinto los peces y las aves; el sexto todos los demás animales y después de todo, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.

El Descastado

Raúl Botelho Gosálvez

Juan Condori!

— ¡Su orden, mi teñente!

Rígido el cuerpo embutido en el uniforme color guano, y los ojos asustados y saltones como los de un bultúrido, bajo sus pestañas tiesas y cortas, el carabinero Juano Cunduri —como le decían en su ayllu— escuchaba al superior.

—Oiga usted: en la “Prevención” hay una india que dice ser su madre. Vaya a verla.

—Yo no tingo magre, mi teñente. Is mintira, mi teñente —respondió poniendo una cara de comadreja deslumbrada.

El Desafío

José Santos Machicado

Eran las diez de la mañana y don Terencio Padera repasaba en su escritorio las publicaciones de última fecha.

Padera se ocupa en trabajos de prensa, colaborando en varios periódicos.

Joven ilustrado y de talento, creía de su obligación poner su modesto contingente al servicio del bien y del progreso de su país.

No daba por mal empleados sus afanes, sin embargo de que ellos le hacían desatender asuntos de propio interés.

El señor Padera trabajaba por gusto y sin retribución alguna.

El Círculo

Oscar  Cerruto

La calle estaba oscura y fría. Un aire viejo, difícil de respirar y como endurecido en su quietud, lo golpeó en la cara. Sus pasos resonaron en la noche estancada del paisaje.

Vicente se levantó el cuello del abrigo, tiritó Involuntariamente. Parecía que todo el frío de la ciudad se hubiese concentrado en esa cortada angosta, de piso desigual; un frío de tumba, compacto.

"Claro - se dijo y sus dientes castañeteaban, -vengo de otros climas. Esto ya no es para mí"

Diario de soledad

Raúl Botelho Gosálvez

13 de abril

Vuelve a visitarme el insomnio. Es una enredadera que se enrosca alrededor de mis pensamientos.

Cuatro Estaciones

Walter Montenegro

I

Se habría podido pensar, en aquel tiempo, que Alfonso Jiménez era un niño feliz. Al menos, eso creíamos nosotros.

Con mezcla de admiración y curiosidad nos estacionábamos en la puerta de la Escuela, a las horas de salida de clases, para ver llegar su auto-móvil, alto como una torre —lo más lujoso de esos tiempos—, descender de él un chófer respetuoso, y llevarse a nuestro condiscípulo envuelto en una nube de humo azul que aspirábamos con deleite.

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Jaime Saenz

Estaba sentado, en un sillón de madera, con una frazada en las rodillas y una chalina sobre los hombros.

Gastón Suarez

Alguien va finar, patrón —decía Cástulo Narváez, mientras limpiaba la lámpara a carburo, de cuclillas frente al cuarto del administrador. —Es seña fija...— sus dedos largos, huesudos, quitaban con habilidad, la ceniza de los trozos de carburo de calcio que aún eran utilizables. A la luz de la luna que se prodigaba desde un cielo limpio, transparente, su rostro anguloso reflejaba una rara fisonomía: tan pronto parecía la de un santo como la de un cadáver.

Elsa Dorado De Revilla

Prendido en la falda del cerro cuyas entrañas guardan el rico yacimiento mineral, se alza, desde su humilde pequeñez, el campamento minero, depositario del pulso humano que mide el paisaje cordillerano desde los tiernos ojos de los niños, hasta el abrazo rotundo del hombre.

Las luces mortecinas de las viviendas, asemejan luciérnagas estáticas que buscan dar calor a la fría noche. Una improvisada campana rompe con su tañido el silencio, marcando a golpes el tiempo.

Pablo Ramos Sánchez

A: Julio Ramos Valdez

La lucha del hombre con los elementos de la naturaleza es ardua. Aunque como especie, el hombre va dominando la naturaleza y logra arrancarle sus secretos, no hay que olvidar que los pasos que da hacia adelante son posibles después de millones de batallas individuales perdidas. Para aprender a ganar ha tenido que saber perder en miles y miles de oportunidades. Las derrotas le enseñan el camino de la victoria.

Augusto Guzmán

Al final de la comida, bajo una araña de lámparas a queroseno, después de limpiarse de residuos notorios, la boca ferozmente bigotuda, el padre miró con severidad familiar a su hija:

—He sabido que el mediquillo ese de provincia, te pretende. Quiere hablar conmigo nada menos que para pedirme tu mano. Naturalmente que me he negado a recibirle.

Wálter Guevara Arze 

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