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El dueño de los billetes

Augusto Guzmán

Le sacaron la billetera. Y él puso en el diario un largo aviso pagado por tres días:

Prevención urgente

El desertor

Jaime Mendoza

Hallábame en el pueblo de Uncía. Debía hacer allí una distribución de uniformes a los veteranos de la guerra del Pacífico residentes en el lugar, y con tal motivo me puse en contacto con varios de los pobres ancianos que vegetaban por ahí, los más vestidos de harapos y hechos también ellos mismos otros tantos harapos vivientes. Y así fue como conocí al personaje de quien trata el siguiente relato.

El cañón de punta grande

Néstor Taboada Terán

Cuando la rosca reaccione y quiera quitarles la tierra, ¿con qué armas se van a defender? les preguntó el maestro Melitón, dejando la costura del pantalón. Y los indios que le escuchaban, respondieron al unísono:

El Pájaro de Oro

(Le Oiseau d' Or)

Raúl Botelho Gosálvez

El Pozo

Augusto Céspedes

Soy el suboficial boliviano Miguel Navajas y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me hirieron en las costillas el año pasado, ni esta excelente avitaminosis me procuran la liberación.

El Pepino

Wálter Montenegro

Pare, pare —gritaron algunos chiquillos, pero el camión, que se había detenido brevemente, reanudó su marcha llevando sobre el cargamento de sacos de papas y cereales, un haz bamboleante de pasajeros indígenas.

El Llamo Blanco

Fernando Diez de Medina

Era una suerte fabulosa que nadie podía explicarse. Mina que caía en sus manos entraba en "boya"; mina que él abandonaba se iba para abajo. Sólo se le conocían victorias, jamás una pérdida en negocios. Subió de cateador a millonario, casó con una dama aristocrática, y el humilde hijo del pueblo llegó a convertirse en industrial. Tenía minas, fábricas, empresas comerciales.

El Diputado Mudo

Augusto Céspedes

Pido la palabra.

El rayo del sol, afilado entre una altacolumna y el borde del cortinón rojo, se escurrió hasta pleno hemiciclo, abrillantó con bruñido de plata cincelada d micrófono e hizo pestañear al Honorable Tadeo Nájera que se disponía a hablar. La atmósfera se Iluminó con un huracán de corpúsculos que habrían dado a la asamblea aspecto de interior de catedral si no fuese que en las catedrales no se fuma. Las espirales de humo se enredaron en un rayo de sol.

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Jaime Saenz

Estaba sentado, en un sillón de madera, con una frazada en las rodillas y una chalina sobre los hombros.

Gastón Suarez

Alguien va finar, patrón —decía Cástulo Narváez, mientras limpiaba la lámpara a carburo, de cuclillas frente al cuarto del administrador. —Es seña fija...— sus dedos largos, huesudos, quitaban con habilidad, la ceniza de los trozos de carburo de calcio que aún eran utilizables. A la luz de la luna que se prodigaba desde un cielo limpio, transparente, su rostro anguloso reflejaba una rara fisonomía: tan pronto parecía la de un santo como la de un cadáver.

Elsa Dorado De Revilla

Prendido en la falda del cerro cuyas entrañas guardan el rico yacimiento mineral, se alza, desde su humilde pequeñez, el campamento minero, depositario del pulso humano que mide el paisaje cordillerano desde los tiernos ojos de los niños, hasta el abrazo rotundo del hombre.

Las luces mortecinas de las viviendas, asemejan luciérnagas estáticas que buscan dar calor a la fría noche. Una improvisada campana rompe con su tañido el silencio, marcando a golpes el tiempo.

Pablo Ramos Sánchez

A: Julio Ramos Valdez

La lucha del hombre con los elementos de la naturaleza es ardua. Aunque como especie, el hombre va dominando la naturaleza y logra arrancarle sus secretos, no hay que olvidar que los pasos que da hacia adelante son posibles después de millones de batallas individuales perdidas. Para aprender a ganar ha tenido que saber perder en miles y miles de oportunidades. Las derrotas le enseñan el camino de la victoria.

Augusto Guzmán

Al final de la comida, bajo una araña de lámparas a queroseno, después de limpiarse de residuos notorios, la boca ferozmente bigotuda, el padre miró con severidad familiar a su hija:

—He sabido que el mediquillo ese de provincia, te pretende. Quiere hablar conmigo nada menos que para pedirme tu mano. Naturalmente que me he negado a recibirle.

Wálter Guevara Arze 

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