leyendas beni pando

El presagio del sumurucúcu

Gilfredo Cortés Candía

Las manos de Matayru, dejaron de golpear el algodón y sus ojos, acostumbrados a horadar las sombras, se azoraron un largo rato cuando escuchó el primer graznido de un sumurucúcu, que se estiró largo y doloroso como un lamento. Y cuando otra vez el ave, oculta ahora en los renuevos del naranjo recién florecido, graznó más lúgubremente todavía.

El canto de la gallina clueca

Gilfredo Cortés Candía

Crespa y pisando con miedo, como si el suelo le pareciera extraño, por el entumecimiento de tres días sin abandonar el nido, salió la gallina clueca que empollaba los huevos de perdiz.

El Jichi de Iserere

(Antonio Paredes Candía)

I

El Beni es paisaje saturado de belleza: de día fascinante y sombrío de noche. Tiene imán para el peregrino que pisa su suelo y hace amistad con su gente. Así es esta tierra, solemne templo vegetal de nuestra geografía.

El Jichi

Gilfredo Cortés Candía

El Isirere

Gilfredo Cortés Candía

Turupa la hija única del primer Cacique que tuvo la tribu, tuvo una niñez entera un alarde de orgullo y de capricho, pero a la muerte de su progenitor, se vio completamente sola, y lo que es peor todavía, ajena a los oficios de mujer y obligada a encararse con la vida.

Mucho tiempo luchó por vivir sola, hasta que al fin, como todas, no pudo más y maldiciendo la nobleza de su origen y burlándose de su suerte y su destino, se casó con Caparu que fue el primero que le propuso matrimonio.

El Cuajojó

Gilfredo Cortés Candía

Cualquiera hubiera dicho que a Mayauru le pesó el regreso de su novio o que tuvo el presentimiento de que llegaría a ser la mujer más desgraciada de la tribu; su madre, dos lunas antes de la fecha fijada para su camatunare, la sorprendió llorando en la soledad auspiciadora de la noche, y la luna la vio pasear su nostalgia increíble a través de los cafetales que ya empezaban a florecer.

Cáni cáni y chi chi cat

Luis D. Leigue Castedo

Fueron dos hermanos, menor el primero y mayor el segundo, que vivían en armonía, gobernando un pueblo que existió en la banda del Río Azul o Izí cacóm, por el camino viejo a San Joaquín -maram panavó- y en el monté Achíquitu cu mí.

Cáni cáni tenía como mujer a Chi muín y la mujer de Chi chi cát se llamaba No to vá.

Cauta Yó

Luis D. Leigue Castedo

Nombre que los moré dan a los indios de la banda brasilera, frente a Moré, y que no son otros que los actuales pacanovas. Dice la leyenda que Tomtau, necesitando plumas de parabas -samuín-, que son las más primorosas y sabiendo que los Cauta yó las criaban, organiza un paseo y, acom¬pañado de sus hermanos y sus hijos varones, cruza el Río Iténez en la zona llamada Tíin, hoy Concepción, cerca del Forte del Príncipe de Beira, y sigue camino adentro hasta llegar a Una fonda donde encuentra a los Cau ta yó en gran fiesta.

Cachoj - Biriri

Alberto Ostria Gutiérrez

Cuentan los nativos de mi tierra que la aguada de Cachoc - biriri, es una laguneta encantada, que la dueña de ella, fue una mujer que por mala y celosa con su marido, el Choquigua la convirtió en una víbora enorme, negra y asquerosa, que hoy es el Jichi de esa laguneta.

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Hace mucho, muchísimo tiempo, el cielo estaba tan cerca de la Tierra que de vez en cuando chocaba con ella matando a muchos hombres.

En uno de los pueblos chimanes, vivía una mujer pobre y solitaria. Pasaba hambre ya que no tenía a nadie quien le ayudara en su chaco o en cualquier trabajo para conseguir alimento.

Luis D. Leigue Castedo

En una especie de bambú, muy resistente que ocupan en la factura de flechas-puñales -huí quirám- y cuentan que es la transformación de un hombre sanguinario y brutal que se comía a sus mujeres, por lo cual, cada vez desaparecían y él astutamente las reemplazaba con otras.

Descubiertas sus acciones, cundió el terror por toda la comarca, por el cual no pudiendo detenerlo le aislaron en las inmensas profundidades de la selva impenetrable obligándole a perseguir a las mujeres, por la fuerza, en aguadas y caminos.

Hace muchísimos años había muy poca agua en la selva, pues todavía no existían ríos, ni arroyos ni lagunas y apenas llovía.

Liliana de la Quintana

Podemos conocer mejor a los sirionó si conocemos los mitos que los ancianos y las ancianas cuentan, alrededor del fuego.

Cuando reinaba la soledad y sólo había agua, vivía en el mundo un ser fantástico de nombre Nyasi. Rodeado de una luz intensa al caminar lo alumbraba todo. Era un ererékwa o gran jefe y un excelente cazador que siempre tenía a mano su arco y sus flechas.

Mario Montano Aragón

Un hombre salió a cazar porque les apuraba el hambre a él y su familia. Estuvo vagando mucho tiempo en el monte sin hallar pieza alguna de las que acostumbraba atrapar; se aproximó al río y tampoco tuvo suerte con la pesca.

El sol había caído bastante, motivo por el que tuvo que emprender el regreso; volvía triste porque estaba con las manos vacías.

Antonio Carvallo Urey

Los árboles semejan náufragos agitando sus follajes desesperadamente en un vaivén interminable como que-riendo asirse del horizonte que ahora está oscuro, cubierto con nubes renegridas, gigantes capullos teñidos que avanzan incontenibles, regando la tierra con gotas de lluvia, sacudidas por el viento sur y zigzagueando azotan en el suelo ya cubierto de agua.

Gilfredo Cortés Candía

Allí estaba la imagen en su santuario blanco, lleno siempre de flores nuevas y cogollos tiernos, perdida entre los pliegues de encajes vaporosos como jirones de niebla.

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