Don Juan de Toledo

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Bartolomé Arzans De Orsua y Vela

En que se cuenta y se verá el horrible y dilatado rencor del hombre

Abominable es cierto la hipocresía en el hombre pues fuera de la principal causa, que es la gravísima ofensa de Dios con ella, también por ser oculta ponzoña hiere, mata y destruye a los hombres. Porque (si bien se experimentan) los efectos nocivos de un hipócrita son semejantes a los del veneno que disfrazado con la buena presencia de un regalado manjar quita la vida al que le gusta. ¡Qué de crueldades y traiciones no oculta un hipócrita, qué de halagüeñas y engañosas palabras no pronuncia para acreditarse, qué de infernales intenciones no encierra en sí, qué de fingidas obras (en la apariencia buenas) no manifiesta sólo a fin de engañar a los cautos que le atienden!

En muchas cosas se parece el erizo al hipócrita, y entre éstas es una que este animalejo espinoso, todo el tiempo que nadie le ve ni pretende cazarle, está desplegado, desenvuelto, anda y corre como los demás, pero en oyendo ruido de los cazadores encoge la cabeza, recoge los pies y hácese un ovillo; todo el tiempo que no está en público el hipócrita es como los demás hombres, esparcido, alegre, amigo de divertirse, pero cuando siente ruido y se ve en publicidad encoge la cabeza y la tuerce, encoge los pies para que no vean sus pasos ni se conozca la intención de sus obras. Dice el Señor: "No seáis como los hipócritas, que hacen ostentación de lo que no son y usan de ardides para parecer que ayunan, afectando créditos de santidad dan solapadamente rienda al vicio". ¡Oh monstruosos embusteros, ermitaños en la apariencia y demonios en los efectos! Bien dijo aquel que os comparó al prodigioso monte de Catania en esta cuarteta:

"Hipócrita Mongibelo,

Nieve ostentas, fuego escondes.

¿Qué harán los humanos pechos

si saben fingir los montes?"

Así son los hipócritas: montes (como el de Mongibelo) cubiertos de blanca nieve de fingida virtud, y adentro ¿qué son? Dígalo ese monte, una boca de infierno según sus efectos. Dígalo también el caso siguiente para que se note el modo con que finge un rencoroso pecho lo terrible y abominable de sus obras.

En ese año de 1625 (según cuenta el capitán Pedro Méndez, don Antonio de Acosta, don Juan Pasquier, Bartolomé de Dueñas y Juan Sobrino) murió en esta Villa de Potosí aquel tan acreditado de ermitaño, el cual 20 años anduvo por sus calles con un saco o túnica, la barba muy crecida y una calavera en la mano. Dándose a conocer a todos por un hombre bueno y penitente, por tal era tenido y así lo veneraban. Como siempre anduviese con la calavera en la mano, y a veces se paraba y la miraba de hito en hito, y todos juzgaban que contemplaba en la muerte. Su ordinaria vivienda era en unos ranchos medios deshechos que estaban por detrás de la parroquia de Santiago.

Llegó (como tengo dicho) el término de su vida y murió prevenido de todos los sacramentos. Después que expiró, como él había ordenado tomaron la calavera, y dentro de ella hallaron un papel en que de su mano había dejado escrito lo siguiente:

Yo, don Juan de Toledo, natural de ésta Villa de Potosí, hijo de un señor que lo ha sido de mucha estima en este reino desde que con el cargo vino desde las Españas, hago saber a todos los que de vista y comunicación me han conocido en ella y a todos los que de noticias quisieren en adelante conocerme, cómo yo soy aquel hombre a quien por andar con un saco me tenían todos por un ermitaño, o a lo menos los más capaces me tenían por virtuoso y desengañado de las cosas del mundo, y generalmente aclamándome toda esta villa por varón justo, no siendo así, pues soy el más malo de cuantos en el mundo ha habido, porque habéis de saber que el traje que traía no era por virtud sino por muy dañada malicia. Y para que todos lo sepáis, digo que habrá poco más de 20 años que por ciertos agravios que me hizo don Martín de Salazar, de los reinos de España, en los cuales menoscabó en todo a lo menos en la mayor parte la honra que Dios me dio, por esto le quité la vida con muchas puñaladas que le di; y después que le enterraron tuve modo para entrar de noche en la iglesia, abrir su sepultura, sacar su cuerpo, y con un puñal le abrí el pecho, saquéle el corazón, comílo a bocados (¡oh terribilidad mía!), y después de esto le corte la cabeza, quítele la piel, y habiéndole vuelto a enterrar me llevé su calavera, vestíme un saco como todos me habéis visto, y tomando la calavera en, mis manos con ella he andado 20 años poco menos sin apartarla de mi presencia ni en la mesa ni en la cama, teniéndome todos por bueno y penitente, engañándolos yo cuando aplicaba mis ojos a la calavera, que juzgarían pondría mi contemplación en la muerte siendo al contrario, pues así como los hombres se vuelven bestias por el pecado, así yo me volví (la más terrible) en un cruel y fiero cocodrilo; y como dicen que esta bestia gime y llora con la calavera de algún infeliz hombre cuya carne ha comido, no por haberlo muerto, sí porque se les acabó aquel mantenimiento, así yo (más fiero que las mismas fieras) miraba la calavera de mi enemigo a quien quité la vida, y me pesaba en gran manera de verlo muerto, que si mil veces resucitara, otras tantas se la volviera a quitar. Y con este cruel rencor he estado 20 años, sin que haya sido posible dejar mi venganza y apiadarme de mi mismo hasta este punto, que es el último de mi vida, en el cual me arrepiento de lo hecho y pido a Dios que me perdone, y ruego a todos que lo pidan así a aquel padre de misericordias que pidió por los que le crucificaron". Este fue el contenido del papel. ¡Ved cristiano lector, qué caso!...

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