Del hombre y la serpiente

Narra: Sebastiana

Un hombre había criado una serpiente. En una hojita la había hallado asicito y se la había criado. Le hacía comer, la mantenía como gente. La serpiente de chiquitita que era se ha vuelto grande. Cada día la sacaba afuera.

  • Háganme calentar al sol —decía la serpiente.

En dos semanas nomás ya era grande y así de larguita. En dos meses ya era grande, rápido crecía dice.

Ese hombre tenía su mujer, pero no vivía con ella. El hombre la había botado, sólito nomás vivía cuidando a esa serpiente. Cuando creció ya era gruesa y larga y ya iba al monte. La serpiente cazaba animales y los traía para su dueño, le hacía comer y ella también comía. Después se entraba en su casa, en su cuarto. Así vivía con el hombre la serpiente.

Grande, gruesa estaba la serpiente, y dice que ese hombre tuvo dos hijitos varoncitos con ella. Pero, el hombre no se ocupaba de los niños, no les daba de comer. Entonces, su esposa humana les cuidaba dice.

  • Así han crecido los dos niños, como mis hijitos serán pues ahora —había dicho la señora.

Un día había ido a buscarlo a su esposo.

  • Quiero ir a traer plátano acompáñame. ¿Por qué me has dejado tanto tiempo? —le había dicho a su marido.
  • ¡Ay! no puedo ir con usted, si nos vamos juntos se me va escapar este animalito.

No quería que se vaya esa serpiente, no quería que se escape de ahí.

  • Bueno, si vos quieres vámonos a traer plátano —le había dicho su marido.

Se han ido juntamente con su señora por el platanal y ahí, el hombre había tenido relaciones sexuales con su mujer. Luego, cargando plátanos habían venido.

Cuando él llegó a su casa la serpiente le había olido feo, dice:

  • ¡Ay!, vos ya no eres mi marido, ya tienes tu mujer. Ahurita yo me voy —había dicho esa serpiente —Ella nomás ya como su mujer era.

Enojada la serpiente salió de su casa, se fue volando. Se la veía arriba sombra como nube, haciendo sombra al sol, así se había hecho.

  • ¡Ay! mis sobrinitos ya están grandes —había dicho esa serpiente desde arriba.

Ella ya no le quería ver pues a ese hombre, al que le ha criado.

  • ¿Por qué te vas a ir, Noway? Yo no te he reñido, ven Noway, ven. ¡Regresa! Éntrate a la casa —le había dicho a la serpiente.

La serpiente ya no le hacía caso, dice que estaba renegando ella. Estaba enojada porque él fue a traer plátanos con su mujer. Él le atajaba, le seguía, le hablaba aun cargando los plátanos.

Después, se había ido la serpiente a una poza y él tras ella, cargando los plátanos. Entonces, la serpiente lo había cogido y se lo había tragado, con sus plátanos y todo. El hombre había tenido un cuchillito chiquitito y le había cortado pues su barriga y no podía salir, su cuerpo estaba enganchando adentro como llave dice que estaba. Ya no podía salir el hombre, por ambos lados jalaba, jalaba y nada.

Habían venido los dos hijos del hombre. Se habían vuelto águilas y la habían atacado con sus garras, la habían picoteado, la habían wayqueado. La sangre que salía de la serpiente se chisgueteaba dice y se convertía en otros bichos, en esos bichos que se llaman kemba, en hormigas, de esas que pican con la fuerza de esa serpiente. Era forzuda esa víbora por eso esa sangre que botaba se convertía en esa hormiga que cuando pica duele feo, grave, dolorosa es la picadura. Hasta ahí nomás es el cuento.

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