El hijo de la hechicera

Vicente G. Quesada

Vivía en la Imperial Villa una viuda rica, cuya única ambición, al parecer, era cuidar su fortuna y de su hijo don Juan de Toledo, gallardo mancebo de veinte años, dado a las turbulencias del amor y a los febriles goces del juego.

Esta conducta desarreglada del joven preocupaba a la dama, que no tenía a quién confiar sus penas ni pedir consejos.

Hijo único, era mimado y voluntarioso y aun cuando había recibido alguna instrucción, esta se limitó al estudio del latín en un convento de la Villa Imperial.

Don Juan salía todos los días, y cada vez que la madre le veía partir, desde la ventana de su aposento, rogaba a Dios inspirase a su hijo, cuya afición al juego la tenía profundamente preocupada.

Había observado además en aquel joven los síntomas de una pasión ardiente y la tristeza y palidez de su rostro la conmovían, pues él frecuentaba la casa de su prima de quien estaba perdidamente enamorado, a sabiendas que ella tenía su esposo.

Es así que la madre de don Juan sabía las visitas diarias de su hijo y conocía asimismo, que las noches las pasaba en los garitos; había penetrado con su instinto de madre que su hijo amaba y sospechaba que era a su sobrina. No se atrevía a darle ningún consejo y lloraba y oraba.

Por Real Cédula fechada en Madrid a 7 de febrero de 1569, refrendada por don Jerónimo de Zurita, el rey Felipe II mandó poner y asentar en estas provincias el Santo Oficio de la Inquisición, cuyo tribunal se debía establecer en Lima, con doce familiares y en las cabezas de los arzobispados y obispados, en cada una de las ciudades, villas y lugares de españoles del distrito de la dicha inquisición, un familiar.

Aquella terrible e inicua institución, eterna deshonra de los que la fundaron y ejercieron, había nombrado su comisario en la Villa Imperial de Potosí a don Martín de Salazar, hijo del licenciado don Juan Ramírez de Salazar, corregidor a la sazón.

En Lima había tenido lugar el primer auto de fe el domingo 15 de noviembre de 1573, en el cual se había quemado vivo a Mateo Salade, en 13 de abril de 1573 en la Plaza Mayor de las tres veces coronada ciudad de los Reyes, se verificó un segundo drama, siendo quemados los PP. Francisco de la Cruz y Alonso Gaseo por sostener doctrinas heréticas, Es así que Lima había visto en períodos sucesivos quemar herejes, juzgar judaizantes, blasfemos, hechiceras, etc.

La madre de don Juan de Toledo conocía aquellos hechos, pero su vida ejemplar la ponía lejos del alcance del terrible tribunal. En cuanto a su hijo, no era dado a cuestiones religiosas, cumplía con el culto externo; pero estaba preocupada y pesarosa con la conducta de éste por la frecuencia con que pasaba las noches en los garitos y los días en casa de su sobrina.

En esta soledad y aislamiento, la buena señora se dio a curar a los enfermos pobres, especialmente a los indios, a quienes tenía lástima. Dábales remedios y limosnas y a veces les enseñaba cuanto pudiera mejorar su triste condición. Los indios, supersticiosos y crédulos, la miraban como a sus viejas agoreras, puesto que conocía sus males y los aliviaba. Ibanle con las ridículas patrañas de sus sueños, especialmente los que estaban enfermos y ella por inspirarles más fe en sus medicamentos, les escuchaba con atención. Atendía con cariño a los desvalidos y a los huérfanos; amaba al prójimo.

Por esta razón se ocupaba con frecuencia en la confección de medicamentos, brebajes y ungüentos que suministraba gratuitamente a los que la consultaban. Sus criados la veían en esas ocupaciones medicinales, pues no lo hacía ocultamente. Los pobres indios llegaban a su puerta a toda hora, la que jamás estaba cerrada para aquel que invocaba la caridad.

Esta vida había llamado la atención del barrio, luego la de los vecinos de la Villa y del Comisario del Santo Oficio.

No faltaba quien la llamase la hechicera, la bruja y este rumor vago al principio, se tornó en una amenaza terrible. Los indios eran supersticiosos y agoreros y entre ellos creció más aquel rumor.

En ese trance, muy distante estaba la pobre madre de sospechar que el vulgo la llamaba hechicera, puesto que cumplía como cristiana sus deberes. Oía misa, se confesaba una vez al año y hacía práctica la caridad del evangelio con los pobres y los huérfanos. No hacía mal a nadie y cuidaba su fortuna para conservársela a su hijo.

Cuando el Comisario de la Inquisición supo la fama de hechicera de la viuda y las curaciones que hacía, se presentó él mismo en su casa vestido de negras ropas, con puños y golilla de encaje y la cruz verde en el pecho, seguido de dos ministriles.

Esa visita y el traje con las insignias de la Inquisición, revelaron a la infeliz madre de lo que se trataba.

Inmediatamente procedió Salazar a un prolijo examen de la casa, de los libros, de los papeles y naturalmente encontró las preparaciones medicinales con que la viuda curaba a los pobres. Esto fue como si dijéramos el cuerpo del delito.

Casi al instante la hizo salir en una litera verde y la envió a Lima a las cárceles del Santo Oficio para ser allí juzgada por hechicera, embargando asimismo sus bienes y propiedades.

Don Juan de Toledo quedó aterrado cuando le llegó la noticia al garito donde jugaba y acababa de ganar buenas sumas; era un golpe mortal para sus dos santos amores. No había podido ni defender a su madre, pues no la había visto y por otro lado no la vería más a su bella prima.

Se le ocurrió inmediatamente dar muerte al Comisario del Santo Oficio, pero con esto dejaba a su buena madre en manos del terrible tribunal, entonces resolvió partir a Lima con la mira de salvar, si le era posible a la infeliz.

Apenas llegó la desvalida y angustiada viuda a la ciudad de Lima fue encerrada en las tenebrosas prisiones de la Inquisición. Algunos días después la presa era conducida desde ellas por un corredor donde estaba la puerta que se llamaba del secreto, a presencia de los inquisidores que tenía sobre el hábito la faja de seda azul.

La infeliz estaba casi moribunda, tenía en su rostro la palidez anticipada de la muerte y sus ojos brillaban con el fuego de la fiebre. ¡Pobre madre! no pensaba en sí sino en el hijo idolatrado de su alma en su Juan.

Ella sabía perfectamente que aquel maldito tribunal, obra de la más feroz superstición y de la crueldad más bárbara, podría condenarla pues no le bastaba tener la conciencia de ser inocente porque la aterraba el tormento. En aquel terrible lance pedía fuerzas a Dios para sufrir.

Acusábanla de maleficios o sortilegios, que producían enfermedades u otros accidentes con su arte infernal por medio de hechizos con hojas de coca, de tener pacto con el Diablo, de consagrarse a la quiromancia y otras artes supersticiosas.

A esta acusación formulada con énfasis por el promotor fiscal, siguió un interrogatorio amenazador. La pobre mujer lloraba desesperada, protestaba no haber renegado jamás de la religión de sus mayores, de ser católica, apostólica a carta cabal, de no haber soñado nunca en pactos con el Diablo, ni en maleficios de ninguna especie; que ella curaba a los pobres indios por caridad, aplicando remedios sencillos y caseros pero sin recurrir jamás al  Diablo.

A sus lágrimas a sus angustiosos sollozos, los inquisidores la conminaban a que declarase sus culpas y a que confesase que tenía pacto con el demonio. Aquella mujer cayó de rodillas poniendo por testigo de la sinceridad de sus palabras al Crucificado, cuya imagen estaba allí. Entonces hicieron mover la cabeza del Cristo y la desgraciada se desmayó.

Los legos del convento de Santo Domingo eran lo1 encargados de dar tormento; los frailes de San Juan de Dios cuidaban a los enfermos en la cárcel, donde además había médicos para hacer volver en sí a los que sufrían el tormento, informando si podía resistir a aquellas atrocidades.

La infeliz mujer fue conducida a la cárcel del tormento, en presencia del Inquisidor y secretario, fue de nuevo interrogada sobre los delitos de que estaba acusada. Ella cayó de rodillas implorando clemencia, piedad para ella, cuya única culpa era haber practicado la caridad.

En el centro de aquella sala había una mesa de ocho pies de largo. En el extremo un collar de hierro en el cual se colocaba el cuello del acusado y correas para sujetar los brazos y las piernas, de modo que dando la vuelta a la rueda, aquellas correas se estiraban en dirección opuesta, hasta dislocar las articulaciones de la víctima. Este fue el tormento que la aplicaron.

Aquella desgraciada señora se desmayó varias veces, pero el exceso de dolor, la hizo volver en sí. No confesó nada, es decir, se negó a mentir.

Del tormento fue conducida moribunda a su prisión.

Al fin pronunciaron esta sentencia:

"Fallamos, atentos los autos y mérito del proceso y a haber probado bien y cumplidamente el promotor fiscal su acusación, según y cómo probarla convino. Damos y pronunciamos su acusación por bien probada, en consecuencia de lo cual debemos declarar y declaramos a Juana Andrea Mendoza de Toledo, haber sido y ser hechicera mujer de malas artes en maleficios y sortilegios, hereje e impenitente y por ello haber caído en sentencia de excomunión mayor y en confiscación y perdimiento de todos sus bienes, los cuales mandamos aplicar y aplicamos a la cámara y fisco de Su Majestad y a su receptor en su nombre desde el día y tiempo en que comenzó a cometer dichos delitos, cuya declaración in nos reservamos. Y que debemos relajar y relajamos la persona de dicha Juana Andrea Mendoza de Toledo a la justicia y brazo seglar; rogando y encargando muy afectuosamente, como de derecho mejor podemos, se haya benigna y piadosamente con ella.  Y declaramos al hijo de dicha Juana Andrea Mendoza de Toledo y a sus nietos, si los tuviese por la línea masculina, ser inhábiles e incapaces y los inhabilitamos para que no puedan tener ni obtener dignidades, beneficios, ni oficios así eclesiásticos como seglares, ni otros oficios públicos o de honra. Ni poder traer sobre sí ni sus personas, oro, plata, perlas, piedras preciosas, ni corales, seda, paño fino, ni andar a caballo, ni traer armas, ni usar de otras cosas que por derecho común, leyes pragmáticas de estos reinos e instrucciones y estilo del Santo Oficio, a los semejantes inhábiles son prohibidas. Y por esta nuestra sentencia definitiva juzgando, así lo pronunciamos y mandamos.

Tal era la fórmula de la sentencia definitiva del Santo Oficio de la Inquisición de Lima.

Se entregaba luego el proceso al brazo seglar para ser quemada viva, vestido con el Sambenito y demás extravagancias.

Cuando supo la malhadada viuda la sentencia, cayó de rodillas en un delirio verdaderamente angustioso.

Don Juan había huido de Potosí desde que su excelente y buena madre había sido enviada a las cárceles del Santo Oficio de Lima por don Martín de Salazar, comisario de la Inquisición en la Villa Imperial.

El mancebo abandonó sus lujosos trajes, su tierna y profunda pasión, su amor a su prima, y se dirigió a Lima bajo un nombre supuesto. Quería acercarse a su madre, y sin creer posible salvarla marchaba atraído por una fuerza irresistible hacia la ciudad de los Reyes.

El secreto de los procedimientos del Tribunal no le permitió saber el curso de la causa, y sólo supo la verdad el día del auto de fe.

Lo que pasó entonces por el alma de aquel mancebo no puede decirse; pero no habiendo perdido la razón, resolvió vengarse, pero vengarse de una manera que no se borrase de la memoria de los vecinos de la Villa Imperial.

En Potosí se supo la terrible ejecución de la pobre viuda y encontraron natural la desaparición de don Juan de Toledo, privado de sus bienes, de sus honores y condenado a arrastrar una vida sin esperanza y a sufrir castigos por delitos que no había cometido. La marquesa vivió en Chuquisaca consagrada al tierno cuidado de sus hijos; pero en la enfermiza palidez de su rostro se leía el amargo dolor de su alma.

De repente empero apareció al pie del Cerro, un hombre enflaquecido por el dolor, pálido el rostro, hundidos los ojos y de aire sombrío. A pesar de no ser viejo, su barba y su cabello eran blancos. Vestía el traje de ermitaño y con sus propias manos empezó a cavar una cueva donde vivir. La irreprochable conducta de aquel penitente llamó la atención de todos los mineros del Cerro y muy presto se le vio en las calles de la Villa, sin hablar a nadie, comiendo de los despojos que arrojaban de las casas los grandes señores.

Los primeros que reconocieron al ermitaño fueron los pilludos de la ciudad, quienes le huían, gritando ¡Es el hijo de la hechicera! y hacían la señal de la cruz.

Se supo entonces que el ermitaño era don Juan de Toledo, le creyeron loco y algunos mártir a causa del cruento castigo de la madre. Los sacerdotes lo citaban como un ejemplo de los benéficos frutos de la persecución de los herejes y brujos y decían que aquellas privaciones lo ponían en el camino del cielo.

Entretanto los vascongados y los criollos tenían escandalizada la ciudad con sus bandos y sus luchas, al extremo de batirse en las calles los unos y los otros y quedar los cadáveres insepultos, hasta que la autoridad los recogía.

Estas noticias llegaron a Lima, donde el 18 de enero de 1604 había hecho su entrada pública como Virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey. El nuevo magistrado expidió órdenes terminantes para que los bandos fueran desarmados en Potosí, mandando perseguir a los vagos y ociosos.

Las medidas que con este motivo dictó el corregidor le atrajeron serias enemistades, y como en ellas era apoyado por el comisario de la Inquisición, don Martín de Salazar, contra él también se levantó el pueblo.

Una mañana apareció éste asesinado con muchas puñaladas, en su misma casa. A pesar de las activas diligencias practicadas para descubrir los asesinos, el crimen quedó en el misterio, limitándose a repetir ¡venganza de los bandos!

Pero lo que verdaderamente conmovió al vulgo fue la noticia de haber sido misteriosamente violada la sepultura de don Martín de Salazar. A los activos comentarios de los primeros tiempos sucedió el cansancio y luego el olvido. Nadie pensó más en don Martín.

Mientras tanto el ermitaño cruzaba siempre las calles; los bandos lo respetaban porque era inofensivo y sólo se burlaban de él los muchachos mal entretenidos gritándole ¡Hijo de la hechicera!

Cuando sonaban en su oído aquellas fatídicas palabras, temblaba de pies a cabeza y levantaba convulsivo una calavera que desde algún tiempo llevaba en la mano, detenía sobre ella sus ojos ardientes y continuaba su camino.

Como jamás hablaba, como no disputaba nunca, como no hacía mal a nadie, empezó al fin a conquistar hasta el respeto de los niños. Al fin le dejaban pasar; él no levantaba la vista del suelo, sino para detenerla fijamente en la calavera.

¡Es que piensa siempre en la muerte! decían las beatas y no quiere ser tentado por el Diablo.

¡Es un santo que no vive sino rezando! repetían otros.

La fama del ermitaño fue creciendo, se extendió más allá de Potosí y circuló por todo el Perú.

Así pasaban los días, hasta que se supo que el ermitaño de la calavera estaba moribundo y acababa de recibir los santos sacramentos con ejemplar piedad.

La multitud se dirigía en romería a la gruta del cerro. Todos repetían ¡ha muerto como un santo!

En la cueva velaban algunos frailes de las diversas comunidades religiosas, ardían cirios en torno al cadáver que los más encopetados querían conducir en hombros, hasta la iglesia en que debía enterrarse.

Las órdenes monásticas disputaban la posesión de los preciosos restos de tan ejemplar ermitaño, que quizás pensaban mereciese ser canonizado. Iba a procederse a la formación de una información sumaria sobre la vida de este ascético y a porfía se prestaban a declarar sobre su santa y edificante vida.

Un caballero de Calatrava que acababa de llegar a la gruta con otros, se acercó al ataúd para examinar de más cerca las facciones del que había sido don Juan de Toledo.

Miraba atentamente la calavera que tenía en sus manos y con la cual habían querido enterrarlo; pero levantándose rápidamente se dirigió hacia uno de los sacerdotes que allí estaba, diciéndole que había un papel entre los dientes de aquella.

En efecto, todos se acercaron; la multitud se apiñó más y de boca en boca circulaba la nueva de haberse encontrado escrito el testamento del ermitaño, del penitente, del santo.

Sacaron el papel con el más respetuoso cuidado y desdoblándolo con veneración, uno de los frailes empezó a leer en alta y clara voz, lo siguiente:

"Yo Don Juan de Toledo, natural de esta Villa de Potosí, hago saber a todos los que me han conocido en ella y a todos los que de noticias quisieran en adelante conocerme, cómo yo he sido aquel hombre a quien por andar en traje de ermitaño me tenían todos por bueno, no siendo así, pues soy el más malo de cuantos hombres ha habido en el mundo; porque habéis de saber que el traje que traía no era por virtud sino por mi dañada malicia y para que todo lo sepáis, digo: que habrá poco menos de veinte años que por ciertos agravios que me hizo don Martín de Salazar, de los reinos de España y en tales agravios menoscabó la honra que Dios me dio, por esto le quité la vida con infinitas puñaladas que le di y después que lo enterraron tuve modo para entrar de noche en la iglesia, abrir su sepulcro, sacar su cuerpo y con el puñal le abrí el pecho, sáquele el corazón; me lo comí a bocados y después de esto le corte la cabeza, quítele la piel y habiéndolo vuelto a enterrar me llevé la calavera; me vestí un saco como todos me habéis visto y tomando la calavera en mis manos con ella he andado veinte años sin apartármela de mi presencia, ni en la mesa, ni en la cama; teniéndome todos por bueno y penitente, engañándolos yo cuando aplicaba los ojos a la calavera, que juzgarían ponía mi contemplación en la muerte, siendo lo contrario; pues así como los hombres se vuelven bestias por el pecado así yo me había vuelto la más terrible, volviéndome un cruel y fiero cocodrilo y como este animal gime y llora con la calavera de algún infeliz hombre que ha comido, no por haberlo muerto, sino porque se le acabó el mantenimiento, así yo más fiero que las fiera.., miraba la calavera de mi enemigo a quien quité la vida y me pesaba infinito de haberlo muerto, que si mil veces resucitara otras tantas se la volviera a quitar. Y con este cruel rencor he estado veinte años sin que haya sido posible dejar mí venganza y apiadarme de mi mismo, hasta este punto que es el último de mi vida, en el cual me arrepiento de lo hecho, y pido a Dios muy de veras que me perdone y ruego a todos lo pidan así a aquel divino Señor que perdonó a los que lo crucificaron.

Cuando terminó esta lectura, un grito unánime y terrible salió de aquella gente.

— ¡El hijo de la hechicera era un malvado!

Al piadoso entusiasmo sucedió la indignación y trataron de atropellar la gruta para arrastrar al muerto y quemarlo, aventando luego las cenizas.

Aquel furor popular, aquellas voces de venganza ante el cadáver de un hombre, tenían algo de salvaje ferocidad.

Mientras los presentes, reunidos antes para conducir al que tenían por santo, gritaba enfurecido por el desengaño, un sacerdote con el cabello blanco, despejada la frente, serena y suave la mirada, oraba a tiempo de levantarse y dirigirse a la multitud irritada para pronunciar unas sencillas y breves palabras, que produjeron un efecto mágico y sublime.

Un solemne silencio subsiguió a los gritos iracundos; tan cierto es el imperio irresistible de los que saben conmover el sentimiento popular, raras, muy raras veces sordo ante la ancianidad virtuosa.

Momentos después volvía aquella muchedumbre hacia la Villa Imperial sin odio por el que fue don Juan de Toledo, compadecidos de la atrocidad feroz de la venganza y al mismo tiempo edificados ante aquel ejemplo.

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