La leyenda del colibrí

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Rene Aguilera Fierro

En la inmensa y mágica selva chaqueña, en lejanos tiempos, vivía en una aldea de matacos una hermosa y delicada cuñita llamada Tasiqua, hija única de la temible bruja Tatnaj (Sapo en mataco), quien aspiraba hacer de su descendiente una poderosa hechicera, desde muy pequeña le enseñó los secretos ancestrales de la brujería, no obstante, siempre se resistió practicarla porque tenía su propia creencia sobre el destino y la vida de las personas, que en suma estaban regidas por el designio de Tumpa el dios de la selva.

El territorio chaqueño encerraba una infinidad de tribus, muchas hoy ya extinguidas por las armas o enfermedades, tribus que en menor o mayor grado luchaban constantemente con sus vecinos, pero la nación más fuerte era la de los Chiriguanos, numerosa, dispersa y aguerrida por tradición para sojuzgar a otros pueblos.

Entre los jóvenes de esta tribu se encontraba Chinno, Colibrí en guaraní, mozo esbelto, arrogante y atractivo, se distinguía por sus múltiples hazañas de arrojo y valentía en la lucha. Pero especialmente había hecho fama como conquistador de corazones femeninos; las enamoraba, las ilusionaba y las dejaba pensando en un pronto retorno. Gozaba de cada una de ellas; su fina y regia estampa las hechizaba; sus ojos negros y profundos, su sonrisa jovial y espontánea se adueñaba de las mujeres, sus labios gruesos y sensuales parecían haber sido modelados para lisonjear las cualidades femeninas, decir las palabras adecuadas y agradables al oído encandilado de las jóvenes cuñitas; no hubo mujer que haya resistido a sus insinuaciones amorosas.

Contrariamente, los hombres con disimulo evitaban invitarles a sus chozas por temor a su osadía de conquistador, protegiendo así a sus hermanas, esposas e hijas. La admiración por él era general, como hombre y como guerrero.

En cierta ocasión conoció a la bella Tasiqua, y desde el primer momento quedó atrapado de los encantos de la muchacha, atracción que fue correspondida con aquella mirada enamorada, imposible de describir. Primero la acompañó en sus paseos, luego la visitó en su choza, pero antes de que Chinno pidiera su mano, recibió con indecible dolor la noticia de que no era bien visto por la madre de su amada, pues, enterada Tatnaj de la aureola que envolvía al cazador de corazones, prohibió esa amistad en forma intempestiva y rotundamente. Frente a esa oposición y ante la negativa de ser escuchado para justificar su conducta a fin de hacerle conocer que amaba de verdad a Tasiqua; los jóvenes optaron por verse a escondidas de la madre y del pueblo mataco, que no aprobaba esa relación por la rivalidad que siempre existió con los chiriguanos; el enamorado muchacho recorría grandes distancias para encontrarse con la dueña de sus horas. Era un amor furtivo, incontrolado, desesperado.

— Te amo, te amo, Tasiqua -repetía el joven

— Nunca seré más grande que el mío. -respondía la bella muchacha-

— Los minutos me matan lejos de ti, pero cuando estoy contigo las horas me hieren porque me alejan de tu lado -susurraba al oído de su amada-

— Mi madre no consentirá nuestra unión, me ha informado sobre tu vida de burlador de mujeres y siempre que puede me lo recuerda.

— Es cierto, es cierto, todo cuanto te haya hablado sobre mi pasado, me arrepiento haber vivido de esa manera, pero he cambiado porque te amo. ¿Me crees?

— Te creo porque confío en ti, sabes, mi corazón late enloquecido cuando tú no estás y mi mente se atolondra; no hago otra cosa que pensar en ti -confesaba Tasiqua--- Debemos lograr el consentimiento de tu madre, de lo contrario solo nos queda huir juntos -decía Chinno mirándose en los ojos de su amada.

Así entre palabras y silencios interminables pasaban las horas y los días juntos y el amor de los jóvenes se acrecentaba más y más; testigo de aquel romance era el sol y la luna, las sombras de un frondoso algarrobo o el claro del bosque. Sus pasos habían hilvanado secretos caminos en la espesura de la selva; todo refugio era apropiado para cobijar tanto amor, amor que desbordaba en lágrimas de alegría y de tristeza, lágrimas que se fusionaban en el crisol de un beso.

Un día, la bruja encolerizada por la desobediencia de su hija y la atrevida intransigencias de Chinno, tomó unos polvos mágicos que guardaba secretamente y con mucho celo preparó con ellos un extraño brebaje. Con astucia hizo saber al joven guerrero que la visitara en su choza, mientras tanto mandaba a Tasiqua en comisión a la aldea más próxima.

Inocentemente Chinno aceptó la invitación creyendo que con este acercamiento se abría la posibilidad de unirse en matrimonio con su amada; lejos estaba de suponer que en el té que bebía ingería también la pócima mágica que lo dormiría inicialmente. Tasiqua en el trayecto había encontrado a su abuelo y en breve conversación se enteró que él acudía a advertirle del peligro que corría Chinno; enterada de las intenciones de su madre, retornó de inmediato, pero ya era tarde, el ritual había concluido, Tatnaj, la bruja invocaba esta sentencia: "Serás perseguido y exterminado..."

Al ingresar a la choza, Tasiqua vio en el interior un hermoso pajarillo de plumas brillantes y de múltiples colores, pequeño, inquieto y vivaz; revoloteó unos instante y salió volando rumbo a los linderos del bosque. No hacía falta explicación alguna, lloró triste y desconsoladamente para luego sumirse en un profundo letargo espiritual. A pesar del tiempo, no logró recuperarse, su madre jamás se perdonó por aquella brujería, fue la última que hizo en su vida, pues, tarde comprendió que aquel amor era verdadero, es así que a la hora de su muerte, rogó a su hija que la perdonase por el daño irreparable que le había causado, a su vez, la bella muchacha envejeció, pero había cultivado hasta el fin de sus días las flores más hermosas que la naturaleza le ofrecía, mientras Chinno buscaba entre las flores a su amada, era el picaflor que jamás llegó a olvidar a Tasiqua.

Doña María Santos Cuentos y Leyendas.

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