El pasajero de la medianoche

Hugo Villanueva Rada

"Cuentos de Riberalta"

Los sucesos, según mis informantes, ocurrieron en 1962. Hacía poco tiempo que se había inaugurado, en la ciudad de Riberalta, el servicio de moto-taxis.

Aquella noche había una fiesta en una casa ubicada más allá del cementerio. El centro de la atención era un simpático joven que, en aquel tiempo, tenía veinte años de edad. Se llamaba José Pedro y se ganaba la vida haciendo taxi con su motocicleta.

Los padres de José Pedro eran pobres. Cuando el muchacho terminó sus estudios de secundaria en el Colegio Nacional Pedro Kramer y recibió su Certificado de Bachiller, se dio cuenta que se encontraba ante una difícil decisión: viajar a la ciudad de La Paz para seguir una carrera universitaria, o ponerse a trabajar para ganarse el sustento honradamente y de inmediato. Después de conversar con sus padres, quienes no disponían de medios para mandarlo a seguir estudios superiores, el joven tomó su decisión. Tendría que buscar en qué trabajar.

Una firma comercial de la ciudad había recibido una partida de motocicletas y las estaba vendiendo con grandes facilidades de pago. Aquellos que deseaban comprar una para trabajarla en el servicio de moto-taxis, recibían una atención especial.

José Pedro era un muchacho valiente y con muchas ganas de trabajar; su fisonomía abierta y su mirada franca inspiraban simpatía y confianza. Un comerciante amigo suyo le sirvió de garante para hacer el préstamo, y, realizado el trámite correspondiente, el joven recibió una flamante motocicleta.

Después del periodo de asentamiento del motor, José Pedro comenzó a trabajar como taxista. Su juventud y una natural simpatía que tenía, hacían que todos buscaran su moto cuando requerían los servicios de un taxi.

Trabajando y ahorrando, terminó de pagar la motocicleta y recibió la documentación del vehículo. Ya era el propietario de aquella valiosa herramienta de trabajo. A partir de aquel momento, José Pedro sintió que tenía en las manos su propio destino.

El joven se hizo, muy pronto, conocido y amigo de quienes manejaban la Cooperativa de Ahorro y Préstamos Nuestra Señora del Carmen. Día por medio el flamante propietario entraba a la oficina de la Cooperativa y depositaba una pequeña cantidad de dinero. Eran sus ahorros de cada dos días de trabajo.

Un año después de lo anteriormente narrado, José Pedro entró al escritorio de la firma comercial donde había comprado su motocicleta, y pidió hablar con el gerente propietario de la firma. Lo hicieron pasar al escritorio de don Federico Hécker, gerente de la empresa, quien, poco tiempo después, recibiría del Presidente de la República la condecoración El Cóndor de los Andes, por servicios prestados a la nación. Don Federico, que tenía una memoria de computadora, miró a José Pedro y recordó lo ocurrido un año atrás cuando aquel joven había estado allí solicitando que le vendieran una motocicleta a plazos. Se había informado y sabía en qué forma el joven trabajaba, cuánto había sudado para pagar su préstamo, y también recordaba que lo había pagado mucho antes del vencimiento. Miró al joven, y sonrió:

—      ¿En qué puedo servirte?

—      Don Federico, he venido a agradecerle por haber confiado en mí al darme el crédito para la compra de mi moto. Ahora he venido porque deseo comprar otra. Sé que le ha llegado un nuevo modelo.

—      Sí, mi joven amigo. Tú serás el primero en tener una de estas motocicletas; aquí tienes el crédito abierto.

—      Le   agradezco mucho, don Federico, por su ofrecimiento, pero la voy a comprar al contado. En este paquete traigo dinero suficiente para pagarla.

Don Federico, el suizo que llegara muy joven a esta tierra, y que ya amaba a esta patria, donde habían nacido sus hijos y nietos, tal vez más que a su tierra natal, se quedó por un momento mirando atentamente al joven, y después, dijo:

—      José Pedro, al contemplarte, por un momento he creído ver a mí mismo cuando era joven. Ojalá existan muchos José Pedro en este país, pues es con hombres que así le arrimen el hombro al trabajo, que esta nación será rica y sus hijos vivirán felices en la abundancia.

Minutos después, José Pedro pagó y recibió los papeles que indicaban que él era el propietario de aquella preciosa moto. Algunas personas que estaban en la tienda miraron, con un poquito de envidia, cuando pulsó el motor de arranque y se alejó en la reluciente máquina. Era su motocicleta número dos...

Y la fiesta seguía en aquella casa situada atrás del cementerio. El fuerte sonido de la trompeta del maestro Demarch, del tambor y los platillos que se arrancaron en un alegre camavalito, hicieron que José Pedro volviera a la realidad del momento presente. El joven miró su reloj y vio que faltaban pocos minutos para la media noche. "Mejor es que me vaya -pensó- antes que se me suban los tragos, pues tengo que madrugar a trabajar".

Quiso salir sin que se dieran cuenta, para que no lo atajaran, pero uno de sus amigos lo vio, y gritó:

—      ¿Qué estás haciendo? ¡No te vayas! ¡Miren, José Pedro se está escapando!

—      Lo siento, pero tengo que levantarme temprano a trabajar-dijo el joven alejándose en su moto.

Los amigos, que no pudieron agarrarlo para obligarlo a seguir la borrachera, se pusieron a lanzarle toda clase de insultos, entre los cuales José Pedro alcanzó a escuchar un ¡Mariconazo! Que le gritaba uno de sus amigos.

José Pedro dejó de escuchar las voces al torcer en la primera esquina de la calle. La luna se estaba asomando por el horizonte. Cuando la moto se estaba acercando al alambrado que rodea al cementerio del pueblo, -lugar obligado por donde tenía que pasar- el aire fresco de la noche comenzó a despejar de su cabeza los vapores del alcohol.

Fue en ese momento que la luz del reflector de su motocicleta iluminó, en la otra esquina del camposanto, aquella figura vestida con ropas negras. No supo explicar por qué, de pronto, se le erizaron los pelos del cuerpo. Cuando llegó más cerca, el hombre -era un hombre- le hizo señas de que lo llevara.

Algo, un sexto sentido tal vez, le dijo a José Pedro que no debía parar, pero, tal vez por la costumbre de su trabajo diario de taxista, tocó el freno y la moto se detuvo. El pasajero ocupó su lugar en la parte trasera del asiento y el vehículo se puso en marcha. El joven quería acelerar la velocidad para alejarse del cementerio, pero sus manos, que repentinamente se habían vuelto torpes, no le obedecían.

En ese momento su olfato fue alcanzado por un olor nauseabundo, al mismo tiempo que, sobre su cuello, el calor de una respiración jadeante le producía una sensación de angustia indescriptible. El joven no aguantó más y, volviendo ia cabeza, miró al pasajero y... ¡vio el horror!

—      ¡No, nooooo!...

El pánico llevado al paroxismo hizo que sus músculos se pusieran nuevamente en acción, y la moto, acelerada al máximo, se alejó de! cementerio mientras e! espanto, aquel rostro sin ojos, sin labios, sin carne, aquel rostro que no era rostro, aquella calavera...

A la velocidad que iba, la moto no tardó más que un minuto en llegar a la plaza principal del pueblo. Un pequeño grupo de personas, que en aquel momento salía del Club Social Progreso, vio al taxista que, a una velocidad endiablada, se les venía encima.

—      ¡Cuidado -gritó uno de ellos-, ese tipo está loco!

Pero el conductor de la moto ya había aplicado el freno. Aun así la moto patinó por unos diez metros, hasta que al fin se detuvo.

—      ¡El pasajero, -gritó José  Pedro-cuidado con el pasajero!

Todos los presentes conocían al joven, y lo miraron en silencio. Luego, una de aquellas personas, habló:

—      No tienes ningún pasajero, José Pedro.

—      Sí, atrás de mí. Embarcó en el cementerio; su cara..., les una calavera!

Dos personas agarraron al joven, que aún estaba fuera de sí, y lo obligaron a mirar hacia la parte trasera de la moto. No había nadie.

—      El pasajero, yo... yo lo traje -fueron las últimas palabras de José Pedro antes de caer desvanecido.

Ha pasado el tiempo, la población de Riberalta ha aumentado mucho; de diez mil habitantes que tenía en la época de los sucesos narrados, hoy cuenta con cerca de setenta mil. La luz eléctrica, que funciona las veinticuatro horas del día, está haciendo que los fantasmas, poco a poco, vayan quedando en el olvido... Terminaré la historia de José Pedro, diciendo que me alegro de poder decir que nada grave ocurrió con él.

Dos días después del incidente de aquel extraño pasajero que, según él, había subido a su moto en la esquina del cementerio, ya se encontraba enteramente recuperado y trabajando en la forma acostumbrada.

En la actualidad es propietario de media docena de motocicletas con las cuales proporciona trabajo a otros jóvenes que están recién comenzando. Es el dueño, también, de dos camionetas que hacen fletes transportando carga dentro del radio urbano y llevando pasajeros en la ruta Riberalta - Guayaramerín. José Pedro, personalmente, sigue de taxista porque le tiene cariño a su trabajo, pero eso sí, dice él:

— Por ningún dinero me pidan que, después de las doce de la noche, les haga un taxi más allá del cementerio...

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